7 de enero de 2013

Divinas


Desde que era pequeña he pensado que todas las actrices de Hollywood de los años 30 y 40 eran divinas, tan elegantes, tan bellas, siempre impecablemente vestidas y con una imagen exquisita.

Dando por sentado que “La Divina” por excelencia es Doña Greta Garbo, otras muchas de sus colegas merecen ese apelativo; porque ¿quién sería capaz de no considerar divina a AudreyCara de ÁngelHepburn?, esos ojos oscuros tan enormes con los que sabía transmitir todos sus sentimientos y emocionarte. ¿Cómo no considerar divina al animal más bello del mundo, la maravillosa Ava Gardner?, no creo que haya habido ni vaya a haber mujer más bella que ella, quizá no era la mejor actriz del mundo, pero su presencia era insuperable, incluso la reina Nefertiti habría quedado eclipsada a su lado. Si se me permite la osadía, a nivel de bolsillo y salvando las distancias, siempre me ha parecido que nuestra Maribel Verdú tenía un aire, bueno, bueno, ya he dicho que era una osadía y al fin y al cabo es ¡un aire!

Son divinas también las hermanas Joan Fontaine y Olivia de Havilland; Joan con su lánguida belleza y su apariencia desvalida, sólo apariencia porque su carácter era, bueno todavía es, endiablado, por lo que se oía por los mentideros de Hollywood. Su “querida” hermana con otro tipo de belleza era una extraordinaria actriz, capaz de enamorar al mismísimo Robin Hood.

Bette Davis es de otro tipo de divinidad, la de las actrices excepcionales, porque, reconozcámoslo, nuestra Bette es lo que se dice un poquito difícil de mirar, pero cómo olvidar ese gesto y esa mirada de “La Loba”, ¡uy! cualquiera se atrevía con ella, se podía terminar como la pobre Joan Crawford en “¿Qué fue de Baby Jane?

¿Y no es divina Marlene “La Venus rubia” Dietrich?. Su mirada felina hipnotizaba y con su presencia llenaba toda la pantalla, fue de las primeras en asegurar su cuerpo, bueno, sus fantásticas piernas, o sea que no, Jennifer López no fue la primera. Y ese juego de cejas...ni Carlos Sobera podría igualarla.

No puedo olvidarme de otras divinas como Ingrid Bergman, cuyo corazón latía como cañones en el París de la guerra de “Casablanca” o Irene Dunne, “Mi mujer favorita”, que desconozco porque no está entre las mejores actrices de todos los tiempos; tampoco quiero olvidar a Claudette Colbert “La octava mujer de Barba Azul” o a “La gata sobre el tejado de zinc”, Elizabeth Taylor, los ojos violeta más bellos del mundo. Y desde luego hablando de divinidades no puede faltar la maravillosa Katharine Hepburn, considerada por el American Film Institute como la mayor leyenda de los cien primeros años de cine norteamericano. 



1 de enero de 2013

¡Qué grande es el cine!


Siempre me ha gustado el cine. Recuerdo la primera película que vi, ¡de Adriano Celentano! ¿En qué estaría pensando mi madre? Seguramente ya habría visto alguna de Disney antes pero, sinceramente, no las recuerdo.

Después de ese “prometedor” comienzo, mi amor por el cine se convirtió en pasión gracias a Televisión Española, ¡quién lo iba a decir! Me enganché a esos maravillosos ciclos en blanco y negro que ponían en la segunda cadena, todavía no era la 2, a mediados de los ochenta. Descubrí a Mitchell Leisen, John M. Stahl, además de a los grandes maestros Frank Capra, Billy Wilder, George Cukor. Vi todas las películas de Cary Grant, Katharine Hepburn, James Stewart y tantos y tantos extraordinarios actores.

Empecé a aprender algo, si es que algo sé, con “Polvo de Estrellas”, magnífico programa de Carlos Pumares; alucinaba cuando con solo decirle “¿cuál es esa película en la que sale un taxista y que van a una fiesta…?”, “Sí”- decía él – “Medianoche de Mitchell Leisen”, tal cual, sin dudarlo un instante.

El otro día una amiga me comentó que había visto Los viajes de Sullivan y le había encantado, me preguntó por algunas películas y me di cuenta que del cine que recuerdo, el ochenta por ciento son películas en blanco y negro y en esa maravillosa escala de grises que diría Pumares.

No creo que sea capaz de expresar nunca lo que me hacen sentir esas películas de los treinta y cuarenta con las que tanto disfruté, pero el Señor Tornatore lo ha hecho por mí en esa inolvidable película que es Cinema Paradiso.

¡Qué grande es el cine!