Desde que era pequeña he pensado que todas las actrices de
Hollywood de los años 30 y 40 eran divinas, tan elegantes, tan bellas, siempre
impecablemente vestidas y con una imagen exquisita.
Dando por sentado que “La Divina” por excelencia es Doña
Greta Garbo, otras muchas de sus colegas merecen ese apelativo; porque ¿quién
sería capaz de no considerar divina a Audrey “Cara de Ángel” Hepburn?, esos
ojos oscuros tan enormes con los que sabía transmitir todos sus sentimientos y
emocionarte. ¿Cómo no considerar divina al animal más bello del mundo, la
maravillosa Ava Gardner?, no creo que haya habido ni vaya a haber mujer más
bella que ella, quizá no era la mejor actriz del mundo, pero su presencia era
insuperable, incluso la reina Nefertiti habría quedado eclipsada a su lado. Si
se me permite la osadía, a nivel de bolsillo y salvando las distancias, siempre
me ha parecido que nuestra Maribel Verdú tenía un aire, bueno, bueno, ya he
dicho que era una osadía y al fin y al cabo es ¡un aire!
Son divinas también las hermanas Joan Fontaine y Olivia de
Havilland; Joan con su lánguida belleza y su apariencia desvalida, sólo
apariencia porque su carácter era, bueno todavía es, endiablado, por lo que se
oía por los mentideros de Hollywood. Su “querida” hermana con otro tipo de
belleza era una extraordinaria actriz, capaz de enamorar al mismísimo Robin
Hood.
Bette Davis es de otro tipo de divinidad, la de las actrices
excepcionales, porque, reconozcámoslo, nuestra Bette es lo que se dice un
poquito difícil de mirar, pero cómo olvidar ese gesto y esa mirada de “La
Loba”, ¡uy! cualquiera se atrevía con ella, se podía terminar como la pobre
Joan Crawford en “¿Qué fue de Baby Jane?”
¿Y no es divina Marlene “La Venus rubia” Dietrich?. Su
mirada felina hipnotizaba y con su presencia llenaba toda la pantalla, fue de
las primeras en asegurar su cuerpo, bueno, sus fantásticas piernas, o sea que
no, Jennifer López no fue la primera. Y ese juego de cejas...ni Carlos Sobera
podría igualarla.
No puedo olvidarme de otras divinas como Ingrid Bergman,
cuyo corazón latía como cañones en el París de la guerra de “Casablanca” o
Irene Dunne, “Mi mujer favorita”, que desconozco porque no está entre las
mejores actrices de todos los tiempos; tampoco quiero olvidar a Claudette
Colbert “La octava mujer de Barba Azul” o a “La gata sobre el tejado de zinc”,
Elizabeth Taylor, los ojos violeta más bellos del mundo. Y desde luego hablando
de divinidades no puede faltar la maravillosa Katharine Hepburn, considerada
por el American Film Institute como la mayor leyenda de los cien primeros
años de cine norteamericano.